Siempre me sorprenden, aunque cada vez menos, las “salidas del armario”. Muy frecuentemente, cuando cuento a qué me dedico, la persona que tengo delante si es mujer (aunque también algunos hombres) se me queda mirando y a veces, previamente a que yo haya confesado que aborté hará unos años y que es por eso que decidí iniciar este proyecto, me dice que ella también pasó por “eso”. A veces, y eso tampoco es infrecuente (justo ayer me pasó), la mujer “se va”. Tengo a un cuerpo delante pero su mirada se perdió en un horizonte interior, pasado, tal vez muy lejano. Es como si mi frase la hubiera catapultado a un recuerdo enterrado bajo capas y capas de olvido. No sé, tal vez me equivoque (desearía equivocarme), pero todo indica que la palabra “aborto” no la deja indiferente. Es curiosa esa mirada perdida…habitualmente esta mujer “no vuelve”, me dice “ah”…y luego cambia de tema.

¿A dónde quiero ir a parar?  No me iré a estadísticas generales, esas que hablan de que en España abortan aproximadamente 100.000 mujeres al año, sino a mi propia experiencia: no creo exagerar si afirmo que la mitad o más de la mitad de las mujeres a las que cuento a qué me dedico me dicen que ellas también abortaron. No es un número menor. Y más allá de la estadística, muchas me hablaron, si de repente se animaban, de sus experiencias, calificándolas de “el peor día de mi vida”, “lo peor que me ha pasado”…y cosa por el estilo.

¿A dónde quiero ir a parar? Quiero hacerte ver que el silencio aún envuelve un tema que es central en la vida de la mujer. El aborto está rodeado de silencio y no es una experiencia menor: nos afecta a muchas de nosotras y tiene un impacto directo y perturbador en nuestras vidas.

Es el útlimo tabú, la última frontera.

Escuchamos mucho hablar hoy en día del movimiento “me too”, de los abusos sexuales a las mujeres. También escuchamos hablar mucho, sobretodo en España, a mujeres que confiesan sus abortos, pero esas experiencias contadas son los “abortos involuntarios” o mejor llamados pérdidas naturales. Paula Bonet con su libro “Roedores. Cuerpo de embarazada sin embrión” es un buen ejemplo de ello. También cada vez más dejan de estar en la sombra de lo no dicho los abusos sexuales a la infancia y las experiencias de transexualidad contadas en primera persona (actualmente la obra de teatro Raphaelle pone de relieve estos tránsitos ). Tampoco es infrecuente que en los últimos años se hable del “tabú de la regla”, habiendo más y más mujeres que hablan de sus menstruaciones y ofreciendo nuevas visiones sobre nuestro ciclo y cómo vivir acorde con él.

Cada vez más hay mujeres relatándose y explicando cosas que antes nunca se explicaban.

Y yo me pregunto: ¿ y el aborto voluntario? Dónde están los relatos y las voces en primera persona? Esas voces que nos cuenten su experiencia, a menudo dolorosa, sin que ello suponga culpa ni arrepentimiento? (Al final de este artículo te hablaré de algunos relatos)

En las situaciones expuestas arriba hay un denominador común: la autocensura y la culpa, ambas como caras de la misma moneda. Por ejemplo: la mujer que fue sometida a abusos sexuales, por una extraña perversión del sistema (que nos interiorizó la culpa) siente que ella fue responsable (por vestir como vestía, por ponerse en una situación de riesgo)…y por lo tanto se culpa y eso la hace callar (“yo me lo busqué). Esa lógica perversa también se da con el aborto voluntario: la mujer siente que ella se lo buscó, y que ni siquiera merece expresar su dolor. Además, ¿quién entendería? Pues entenderían, en primer lugar, mujeres y hombres que hayan pasado por lo mismo, entendería también la sociedad a medida que se lo explicáramos. Pero ¿quién explica? Las únicas que podríamos hacerlo en gran medida callamos (porque no hemos sabido cómo sanar nuestros duelos).

Sinceramente, no puede ser que una experiencia tan central en la vida de tantas mujeres sea aún un tabú. Y las que hablan de ello, lo hagan a menudo desde una herida demasiado abierta, desde una culpa demasiado hiriente. Para hablar del aborto con serenidad y en primera persona, cabe ante todo haberse liberado de la culpa y de la vergüenza. Y haber abrazado el dolor que provocó una pérdida (cada mujer la suya, cada mujer debe definir lo que perdió). Para exponerte tienes que estar en paz contigo misma y con tu pasado. Es imprescindible que las mujeres cada vez más recorramos ese camino: vivamos la experiencia del aborto hasta sus últimas consecuencias para poder salir, al final del túnel, renovadas y podamos contar nuestras historias sin vergüenza. Tejer entre todas nuestra historia colectiva del aborto.

Y termino con otra anécdota: en general recibo palabras bonitas de vosotras, agradecimientos, historias compartidas…pero de vez en cuando también me insultan y me condenan (es así, supongo que todo tiene que estar equilibrado). Recuerdo la primera vez que esto sucedió. Yo, de algún modo, tenía curiosidad por ver cómo me sentiría: si asomaría algo de culpa que aún no había reconocido,o algo de miedo ante un ataque virulento… y la verdad es que me sorprendí sintiendo rabia e ira. No me lo esperaba. Sentí rabia porque ese ataque era en esencia injusto, no sólo injusto conmigo, sino injusto con todas las mujeres que hemos vivido una experiencia como la nuestra. Injusto, cruel e irrespetuoso. Finalmente a mi no me afectaba, pero comentarios así pueden arruinar un día normal de alguien o incluso una vida. Francamente, siempre habrá gente que creyéndose con la razón se cree con la autoridad de insultar (extraño enlace que no termino de entender), pero también podemos utilizar sus comentarios a nuestro favor como barómetro para ver cómo nos sentimos nosotras mismas. Según sintamos sabremos si hemos avanzado más o menos con nuestros duelos. A parte de esto, tolerancia cero contra ciertos comentarios. Hay veces en que sentir enfado es saludable.

Estamos transitando el último tabú, la última frontera. Más allá nos queda una tierra virgen de mujeres libres y hermosas que no dejan que nadie les diga qué hacer con sus cuerpos ni con sus vidas pero que también son capaces de compartir sus dolores y encontrar la paz. Más allá de la última frontera brilla el sol, os lo aseguro.

Apéndice: ellas también hablaron

Irene Vilar: en su libro “maternidad imposible” nos cuenta su historia de 15 abortos. Es un libro extremo. Le dediqué el siguiente artículo: https://proyectokora.com/madre-mia-o-la-historia-de-una-maternidad-imposible/

Anaïs Nin: en su interesantísimo diario esta autora nos habla como pocas de su experiencia al interrumpir su embarazo de 6 meses. Desgarrador relato donde nos explica de manera magistral sus sentimientos ambivalentes y todo lo sufrido durante la intervención médica (en 1934!). Lo podéis encontrar en su volumen “Incesto”, en los últimos días de agosto del 34. Prometo un día comentar estas páginas.

Etty Hilesum: a esta joven que murió en un campo de Auswitch a sus 29 años casi nadie la conoce. También nos dejó unos diarios brillantes que vieron la luz 40 años más tarde y que dan cuenta de una personalidad profundamente apasionada por la vida, profundamente compasiva y espiritual. Ella también relata en sus diarios un episodio de aborto voluntario.

Oriana Falacci: en su “carta a un niño que nunca nació” revela de una forma lúcida y dolorosa toda la ambigüedad que rodea a un embarazo inesperado, los pensamientos contradictorios y el desgarro entre dos opciones que se ven como imposibles.

Recibe Las Cartas de esperanza tras un aborto voluntario

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