No es muy frecuente, pero a veces he recibido correos de madres desesperadas, y aquí utilizar el adjetivo desesperada no es metáfora ni exageración.  Son las madres cuyas hijas que han abortado. Este artículo está escrito pensando en ellas, o en aquellas terceras personas que tuvieron un peso muy grande en la decisión que tomó una mujer a la hora de interrumpir su embarazo. Algunas cosas de las que hablaré también se podrían aplicar a los hombres como parejas…Ah los hombres! También os tengo presentes y quiero dedicaron uno o dos posts. Pero vamos hoy a explicar una situación difícil y compleja, para la que hay poca ayuda.

La mayoría de veces, cuando me contacta esta madre, me describe un cuadro que podría reflejar una de esas situaciones que pervive en el imaginario colectivo sobre el aborto voluntario: el de una chica joven que se queda embarazada (aquí por joven me refiero a una chica adolescente pero también en sus veinte..). ¿Cuál suele ser el perfil de esta chica que nos interesa aquí? Su juventud y su dependencia económica de la familia, o en muchos casos de su madre. Su juventud hace de ella un ser fràgil, aunque se sienta fuerte, un ser frágil porque se está formando. Estos primeros años después de la infancia suelen ser años difíciles, de cambios, de mucha autocrítica, de no gustarnos tal y como somos (en especial las mujeres), donde la consciencia de sí y del mundo va emergiendo como una aurora pero la personalidad da tumbos, los valores se cuestionan, y la incertidumbre es el pan de cada día. También es cierto que es la época de la fuerza, la esperanza y los sueños. La primavera de la vida emerge potente con su incosnciencia pero con sus propios recursos, el principal de los cuales es un poder inmenso que busca la vida y se busca a si mismo. En esa época de caos y belleza, la chica que queda embarazada suele plantear otra característica: no es independiente económicamente ni parece que lo pueda llegar a ser en un futuro cercano.

Las alternativas que se le abren si decide llevar adelante su embarazo son difíciles donde las haya: tiene que tomar la decisión en una fragilidad emocional propia de su edad, seguramente, si está estudiando le va a ser muy difícil proseguir sus estudios, y lo más importante, su decisión implica directamente a su familia, a su madre en concreto, pues esta deberá hacerse cargo de su hija y de su nieto/a..no sólo económicamene sino ayudarles en todo lo que pueda. Es ahí donde la posición de esta madre seguramente será determinante a la hora de decidirse por el aborto voluntario. Esta madre es una parte directamente implicada en esa decisión.

¿Cómo se siente esa madre a la que nadie atiende ni escucha? Seguramente igual de desesperada que su hija, seguramente sentirá mucho miedo por ella. Miedo porque entiende que si su hija lleva adelante su embarazo va a encontrarse en una situación muy difícil, y esta madre siente que su niña va a “destrozarse la vida” . Miedo también porque de repente se ve encima una carga immensa: porque sí, porque la maternidad no son sólo violines y flores de autorrealización, sino también una gran responsabilidad que esta abuela deberá asumir y tal vez no tenga ganas ni se sienta capaz para ello. Tal vez esto de “no tener ganas” nos suene mal y egoísta,  a nosotras mujeres abnegadas, programadas para la abnegación y el sacrificio, pero una mujer ya madura, después de haber criado a uno o más hijos, puede ser muy bien que no tenga ganas de “sacrificarse” mucho más, que quiera, ahora que los hijos son mayores, tener su tiempo, retomar su vida más allá de la maternidad. Sí, se puede no tener ganas de asumir más responsabilidades cuando llevas una vida postergando tus propias necesidades y anhelos.

El cuadro que se dibuja es dramático. Porque la hija embarazada, también tiene muy en cuenta a su madre y no quiere echarle encima esa responsabilidad. Pero también anhela que le diga que estará a su lado pase lo que pase, decida lo que decida. Su madre, por otro lado, tal vez nunca le diga esta última frase, tal vez tenga tanto miedo como su propia hija y sólo vea como solución real el aborto, como la mejor solución posible. El problema aquí es que no se calibran las consecuencias: su hija no volverá a su vida “de antes”. Ha tenido que afrontar una decisión tremenda a una corta edad y seguramente después del aborto se sentirá sola, rota y culpable. Este escenario no se suele contemplar. Y la madre, que siempre quiso lo mejor para su hija, de repente se encuentra junto a ella y no sabe ni cómo ayudarla y, además, seguramente también sentirá una immensa culpa.

Otra cosa se habrá roto por el camino: la confianza. La hija, ante el peso inmenso de su propia culpa, la proyectará sobre su madre: porque no la apoyó ( lo vive así: no la apoyó en llevar adelante su embarazo). Después de la iVE médica nos encontramos ante un panorama desolado: madre e hija están rotas y el vínculo que las une seriamente dañado.

Se abre todo un camino ante esta madre. Seguramente también sufrirá la impotencia de no saber cómo ayudar a su hija. No la sabe ayudar porque es difícil entender el dolor que puede producir un aborto (llueven los “olívidalos”, “tienes que ser fuerte”, “tienes que seguir adelante”) y porque su hija seguramente ya habrá construido un muro entre ellas dos. Las variables son infinitas, pero describo a grandes rasgos una situación.

Esta madre deberá también hacer su duelo, liberarse de su culpa. O asumir su responsabilidad y perdonarse. Esta hija deberá crecer a marchas forzadas, y si todo va bien transitar su duelo y rehacer los lazos de confianza con su madre. Perdonarse a si misma y perdonar a su progenitora. Utilizo aquí el verbo perdonar en su dimensión amplia, más allá de las fronteras de lo religioso. De hecho, todo este proceso de aceptación y liberación (del pasado y de la culpa que nos ancla a él) es un proceso del corazón. Empieza por la mente, por comprender y no juzgar, y esta comprensión da lugar a una espacio en el corazón para que llore todo lo perdido. Y ese llanto da lugar a ese proceso del corazón, espiritual o emocional (como querais llamarlo) que es el perdón.

Pero estamos ante un camino de largo recorrido, para el cual normalmente no existen puentes ni personas alrededor capaces de ofrecer ese espacio de comprensión que posibilita el camino del corazón. Normalmente las dos protagonistas de este artículo se encuentran ambas aisladas y sin recursos, y creen que la situación sólo se resuelve negándola, obviándola…eso impide el sentir y da paso al resentir. Un resentimiento profundo que puede quedar como herida abierta durante toda una vida.

Existe otro camino, como no me cansaré de decir, pero pasa por las “tareas” antes descritas. Ayudemos también, como sociedad, no sólo a esas mujeres jóvenes que se hallan perdidas y solas, sino también a sus madres que siempre intentaron hacer lo mejor para sus hijas, y de eso, no me cabe ninguna duda.

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