Dedicado a Diana

 

Titulo este post así porque es la expresión que emergía dentro de mi a medida que fui avanzando la lectura del libro de Irene Vilar “Maternidad imposible”. “Madre mía” se repetía en mi cabeza como un mantra, ante el asombro que me iba produciendo la historia de sufrimiento y automutilación que cuenta esta autora, pero también su historia de superación y esperanza.

 

Todo en este libro es extremo. Yo, que me voy acostumbrando (aunque una nunca se acostumbra del todo) a escuchar historias de sufrimiento producidas por un proceso de IVE, me sentía en shock al leer esta historia en concreto, porque en ella todo es llevado al extremo. Irene Villar nos cuenta su historia de 15 abortos en 15 años, aludiendo también a distintos intentos de suicidio. Todo ello con el telón de fondo de un cuadro familiar marcado por la destrucción y la muerte (su madre se suicidó cuando ella tenía 8 años, su padre fue adicto al alcohol y al juego, sus dos hermanos fueron adictos a la heroína, que terminó matando a uno de ellos).

 

Existen libros que no son libros sino exorcismos. Un exorcismo es un acto sagrado o ritual mediante el cual sacamos fuera algo demoníaco que nos habita. Aquí entiendo por demoníaco las sombras que forma parte de nosotros y normalmente somos incapaces de ver. Hay libros que se escriben así, con esa voluntad iluminar la sombra para trascenderla. De darle luz con palabras. De hecho Irene misma lo cuenta: el libro fue el colofón de un proceso terapéutico de sanación. Mientras lo escribía, mientras se enfrentaba a su pasado intentando llevar luz a la oscuridad, se quedó embarazada por decimosexta vez. Esta vez logró traer al mundo a su hija. Había enfrentado sus fantasmas. Y me atrevo a decir que el libro (como exorcismo) había surtido su efecto.

 

A menudo mujeres que me contactan me preguntan reiteradamente si algún día “saldrán de esta”. Es decir, si algún día encontrarán la paz. Me contactan también porque yo misma recorrí ese camino y encontré la paz con mi pasado. Pero nos faltan historias, como la mía, como la de Irene Vilar, como la tuya. El caso de Irene es extremo, pero realmente abre un espacio de luz: ella lo consiguió. Consiguió rehacer su vida a pesar de su adicción al aborto (como ella la llama) y de la sombra que su clan familiar proyectaba sobre ella. Si alguien, teniéndolo tan difícil puede salir hacia adelante y reconstruir una vida con sentido y coherencia, es que se puede. Yo siempre pienso que por muy mal que estemos, siempre hay una salida, siempre hay camino en otra dirección. Pero un relato como el de Irene nos muestra, de forma directa, que hay camino. Es un libro valiente, porque enfrentarse a los propios fantasmas es valiente y además compartirlo con el resto del mundo doblemente atrevido. Sólo por eso, vale la pena leerlo y escuchar su testimonio, sin juicios. Simplemente escuchar.

 

Este artículo pretende comentarte un poco la historia de Irene. Y se lo dedico a Diana porque fue ella quien me lo nombró por primera vez. Gracias, Diana, por darme qué pensar. Cada mujer que me contacta me enriquece, con su vivencia del aborto, me enriquece porque me obliga a aprender a escuchar más y mejor, a comprender este proceso complejo en cada caso, en cada vida, en cada personalidad. También hay mujeres que me enriquecen con lecturas que me recomiendan y me invitan a leer. En ese sentido Diana es una fuente de conocimiento sobre el aborto, ella que como una valiente está luchando por poner en orden su vida, como Irene, como yo, como todas las mujeres que pasaron por una experiencia dolorosa de IVE. Vuela mi mejor sonrisa para ti, querida Diana. Sin ti este artículo y la reflexión que le acompaña no existirían.

 

Dicho esto, voy a comentar algunos puntos del libro:

 

Eché de menos más profundidad. Es una opinión personal, pero Irene relata la historia de su vida, de sus abortos, de sus intentos de suicidio un poco por encima. Predomina el tono narrativo. Y entre medio analiza, de vez en cuando, lo que le va pasando. Al final del libro hace un análisis más exhaustivo de su adicción al aborto, y del proceso terapéutico que la ayudó a romper el ciclo de vida-muerte e iniciar una nueva vida. Pero me falta profundidad en su relato. Me falta saber más de sus estados emocionales y de sus abismos y de su camino de esperanza. Me quedé con ganas de más, sinceramente. Ella dice que empezó el libro como un intento de explicar y explicarse su historia de amor con el hombre que la embarazó 12 veces, pero que terminó cambiando el tema por el del aborto. A veces he tenido la sensación de que no logró cambiar el tema (aunque ambos están muy unidos) y que el libro termina siendo más una radiografía de una historia de amor-sumisión (ella lo presenta, literalmente, como su “amo”).

 

El trasfondo de su dolor. Muchas veces el aborto no se trata de sólo el aborto, sino de quienes somos y de todas las sombras y heridas que nos habitan. En ese sentido un proceso de IVE traumático puede ser una oportunidad para llevar luz a esas heridas. Irene, hacia el final del libro como dije, intenta explicar su adicción y su sumisión como mecanismos de automutilación y una incapacidad de protegerse a sí misma generada por una herida de abandono. El abandono de su madre (que a su vez también fue abandonada). Esa herida genera un vacío que como agujero negro todo lo consume. Irene se quedó atrapada en una espiral en la que cada embarazo e interrupción eran una manera de escapar a ese sentimiento de vacío (para luego volver a caer en él más profundamente), una manera de “aflojar la tensión”, de obtener sensación de control y dominio: “no tuve control sobre su decisión (de su madre) de abandonarme. Pero tenía control sobre mi cuerpo. Podía quedarme embarazada y abortar, nadie más podía controlar mi destino cuando yo demostraba esta extraña potestad. Los reiterados abortos “recordaban” un elemento común a la experiencia de la muerte y del abandono. Si mi madre eligió la muerte y no a mi, yo elegí contar la historia quince aterradoras veces”.

 

Se presenta la decisión de interrumpir un embarazo como una decisión racional. Pero, como si de un iceberg se tratara, nuestra mente es un 10% el consciente y un 90% el inconsciente, y es este el que juega un papel determinante muchas veces en la toma de nuestras decisiones y reacciones. Así, la decisión que desencadena una IVE puede tener muchas veces raíces profundas en la sombra, en lo que no vemos y somos incapaces de ver. Miedos y dolores ancestrales que nos habitan y en muchos casos nos dominan programando nuestras vidas desde lo profundo. Irene tuvo que repetir su programa 15 veces hasta que fue capaz de empezar a cambiarlo

 

El transgeneracional. Aprendemos las reacciones básicas ante las situaciones de nuestra vida de nuestra familia primera. Esta, aunque no sea de forma consciente, nos transmite un programa y todo un mundo de información. La familia es un sistema y en él todo dolor no sanado, toda culpa no resuelta termina pasando de generación en generación. Parecería una maldición, pero de hecho cada generación, cada individuo es una oportunidad que tiene el clan para sanarse como sistema. Quiero decir que la historia de Irene no es única, que ilustra cómo vienen a nosotros y viven en nosotros patrones de culpa, de miedo, de rechazo al embarazo y a la maternidad…Decretos que vienen de lejos, dolores y ambigüedades sobre cómo vivieron nuestras ancestras sus embarazos, partos, crianzas, y sus abortos. En algún otro artículo hablaré de esto que Edgar Tolle habla como el “cuerpo de dolor femenino”: la mujer, por el mero hecho de serlo, lleva detrás de si una historia de dolor, culpa y sumisión, y ese dolor sigue vivo en un inconsciente femenino colectivo. Pero de eso hablaremos en otro artículo.

 

El miedo en su primera gestación llevada a término. Como nota final quisiera comentar un hecho que tampoco es infrecuente. Irene ya había rehecho su vida y había decidido seguir con su embarazo. Parecía que todo estaba bien, pero de repente volvió a asaltarle el miedo y le dijo a su marido: “no puedo ser madre. No puedo. Quiero abortar- no podía creer lo que estaba diciendo cuando lo dije. Deseaba abortar a un niño que había pedido a Dios durante más de siete meses”. Pero esta vez Irene tenía quien la apoyara: su pareja en vez de no entender (que sería lo más normal), fue capaz de abrazarla y decirle: “todo lo que tu cuerpo sabe es cuán dura has sido contigo misma. Debe parecerte extraño e incluso aterrador, ser más amable contigo misma”. Irene tuvo la suerte esta vez de encontrar alguien que no sólo no la juzgara sino que la entendiera más de lo que ella podía llegar a entenderse.

No se trata aquí de que una historia de aborto (de uno o de 15) termine en un embarazo feliz llevado a término. Se trata de que una historia de aborto que suponga una crisis vital y un encuentro con la propia sombra termine en consciencia, en ser capaz de amarnos más a nosotras mismas y por lo tanto al mundo que nos rodea, amarnos de forma sana porque la mayoría de mujeres (y de hombres también) vivimos en la periferia del amor.

 

Ah! Y una última nota! Irene consiguió romper su ciclo de adicción cuando decidió cuidar de su perro moribundo. De hecho lo iba a abandonar en sus últimos momentos (siguiendo su patrón de abandono) pero cuando lo vió en la clínica solo en una jaula donde lo había dejado unos días ,de repente algo sucedió dentro de ella: fue consciente de una rabia profunda ante el abandono, la muerte y el desamparo. Esa rabia (nunca antes experimentada) le hizo tocar fondo y darse cuenta “de la disociación en que había vivido al internalizar la negligencia y  la autodestrucción de mi madre como parte de mi yo”. El hecho de tener que cuidar la hizo sentirse capaz de ello, y romper la identificación de su yo adulto con su madre (mientras que el perro simbolizaba en palabras suyas su “yo niño y su feto/bebé imaginario e imposible”). Mi historia de aborto personal también tiene un poco de esto: cuando yo misma pasé por mi proceso de IVE, durante los meses de después una rabia intensa me invadía, al sentir desde el inconsciente una frase que decía “tú no puedes cuidar de nadie”. Poco después de abortar adopté a un gato que aún hoy sigue conmigo. Su nombre es Green y es una preciosa gata negra de calle (también abandonada). Ella me ayudó a sanar mi propio vacío esos meses y a responsabilizarme de una vida, cosa para la cual yo tenía un decreto de “no ser capaz”. Green me enseñó a cuidar y ella, a su manera, me cuidó y sigue cuidando de mi y mi familia hoy en día.

 

Espero que hayas llegado al final de este post tan largo. Había mucho que contar y mucho que quedó en el tintero. Te animo a leer el libro de Irene Vilar, cuando sea tu momento (porque también hay un momento para cada cosa y este libro duro tal vez no sea lo que necesites en el momento del duelo en que estás). La historia de Irene es una historia más. Intenté rescatar de ella cosas que pudieran ayudarte a entender tu proceso de IVE ( el papel del inconsciente en en tu aborto, el de tu familia…los decretos de tu clan..), pero no tienes por qué resonar con todas. Espero que algunas te hayan servido.Pero sobretodo te quise hablar de Irene, como te dije al principio, por la esperanza que supone su relato. Siempre hay camino

 

Gracias Irene por la valentía de escribir un libro así.

Gracias Diana por darme a conocer su existencia.