Siempre existirá un momento en el que miraremos para atrás y maldeciremos el camino recorrido. Siempre habrá un momento de duda en que querremos ser otra persona. Pero si vamos al fondo de nuestras elecciones, tal vez, en un instante sin tiempo bajo la lluvia, nos reconciliaremos con lo que somos y con el propio recorrido, sabiendo que era el único que hubiéramos podido escoger. Y sonreiremos.

Dedicado a Albert, mi amigo del alma.

 

Era un atardecer lluvioso de primavera. Oscurecía. Las gotas dibujaban círculos concéntricos en los charcos de agua. Olía a tierra mojada, a limpio, a humedad. La farolas empezaron a encenderse a lo largo de la calle, iluminando la noche que se cernía sobre las almas y los hogares.

 

Juliana se había cobijado con su mochila debajo de un porche. Iba ligera de equipaje, primera norma del buen viajero. Era una mujer entrados los 40, de mirada abierta y sonrisa franca. Alguna cana ya asomaba por su pelo rizado mal recogido en un moño. Encendió un cigarro, fiel compañero en esa espera que le imponía el mal tiempo. Aún no era de noche y podía encontrar algún hostal donde cobijarse. En ese tiempo indefinido e íntimo del cigarro fijó su vista en la ventana de unos bajos de la casa de enfrente. Su mirada se agudizó y contempló el cuadro que se le ofrecía a través de esa ventana que se había convertido en la puerta a otro mundo totalmente ajeno a su vida:

Juliana observó una escena de familia, la luz que envolvía esa arcadia soñada. Vió la mesa bien puesta, la sopa humeante salir de la cazuela, la madre sirviéndola y los niños y el marido alrededor celebrando la reunión. Juliana vió cómo las cosas hubieran podido ser de otra manera, y por unos instantes tuvo nostalgia de esa mujer que ya nunca sería y que , por arte de magia, se le aparecía a través de los cristales. Sintió nostalgia del hogar, del calor de una mesa bien puesta y de un grupo de niños que la llamaran “mamá”. Echó de menos la seguridad de saber que vuelves a casa cada día, la seguridad de dormir siempre en la misma cama, con tu pareja al lado. Por unos instantes sintió el placer de recoger los juguetes desperdigados, de la sonrisa de los hijos cuando vas a buscarlos al colegio, de las rutinas vueltas rituales de cada día. Contemplaba todo esto como un paraíso perdido del que ella estaba expulsada.

 

Ana, desde el otro lado, estaba sentada pero no escuchaba lo que sucedía a su alrededor. Los niños volvían a pelearse, la casa estaba hecha un desastre y su marido parecía ausente, callado, con esa tranquilidad que ya no aguantaba más y que parecía rozar la indiferencia. Ana sintió que le faltaba aire. Necesitaba gritar, huir…pero no sabía muy bien hacia dónde ni por qué. En un intento desesperado salió a la ventana y se quedó mirando la lluvia redentora, la lluvia eterna. Sin mirar a ningún lado en concreto, su mirada se posó por unos instantes en Juliana. Vió a esa vagabunda sin techo, con su mochila y su rostro lleno de vida y libertad. Y de repente Ana echó de menos esa libertad de quien no tiene nadie que le espere, soñó por un instante en una vida llena de aventuras, con el horizonte siempre abierto y ninguna necesidad de tener que pagar las facturas de cada mes. Soñó con cantar y bailar bajo la lluvia sin importarle el mañana o el qué dirán y sin hijos que en todo momento le estuvieran reclamando “mamá”, “mamá”, “mamá”…Ver a Juliana le despertó el recuerdo de todo lo que hubiera podido ser y nunca fue, el recuerdo de un futuro imposible. Por sus ojos corrió el velo de la duda, y se preguntó si acaso no se había equivocado.

 

Ambas mujeres cruzaron las miradas. Se encontraron en la mirada de la otra. Con honestidad, sin máscaras. Se dijeron muchas cosas que nunca hubieran podido decirse con palabras. Comprendieron lo que sería incomprensible. Hubo un instante que fue toda una vida y se volvió eterno.

 

(…)

 

Juliana terminó su cigarro. La lluvia había amainado. Era tiempo de ir a buscar refugio por esa noche. De seguir camino. Se sentía más ligera, sin saber muy bien por qué, y se puso en marcha, no sin antes decir adiós a Ana y regalarle una sonrisa íntima y misteriosa. Ana corrió la cortina y suspiró, extrañamente aliviada también. Se giró y observó la escena caótica y conocida de la cena con otros ojos, con una mirada casi tierna. Había entendido también.

 

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